SEGUNDA PARTE DEL VIAJE POR LA PUNA: POR LOS SALARES Y MINAS DEL ALTIPLANO

Antofagasta de la Sierra es un pueblo apacible y agradable en medio de la soledad del altiplano catamarqueño. Empieza a ser descubierto por el turismo y algunos de sus habitantes habilitaron sus casas como hostels o aprovechan su conocimiento de la zona como guías de excursiones. El ritmo de la vida del pueblo, por lo menos en verano, lo marca la llegada del colectivo que trae y lleva los grupos de turistas dos veces por semana, generalmente jóvenes mochileros que deambulan por las cuatro calles de Antofagasta a la espera del micro que los lleve de vuelta.

El camino que teníamos hacia adelante parecía aun más incierto que el que ya habíamos recorrido. La ruta ya era definitivamente de ripio y, según todas las apariencias, con escaso mantenimiento. Los pueblos y lugares habitados eran pocos y a gran distancia entre ellos, sin agua ni sombra en el camino, con pocos sitios para poder acampar a cubierto del feroz viento que sopla en las noches de la Puna. Todo así durante unos 300 kilómetros, y en un escalón más arriba en el promedio de altura, bordeando los 4.000, unos 700 metros más que en Antofagasta.

Uno de los guías de Antofagasta, Adrián, que conocía la ruta con lujo de detalles, nos dio la información que buscábamos, pueblo por pueblo, o mejor dicho, casa por casa. Había subida y camino muy malo –“mucho costillar”– hasta la mina de litio al sur del Salar del Hombre Muerto. Después, las empresas mineras tomaban el control de la ruta y la regaban con salmuera para hacer una capa sólida capaz de aguantar los pesados camiones que utilizan, hasta llegar a Salar de Pocitos, desde donde se empalma la ruta que viene de Chile por el paso de Sico. Concluimos, con este y otros informes, que era factible en unos cinco días.

Empleamos el día que nos quedamos en Antofagasta en descansar, charlar con otros viajeros hospedados en el mismo lugar, el hostal de Doña Pascuala, y preparar todo para la travesía que se preveía más dura que todo lo anterior: conseguir aceite para la cadena (que nos habíamos olvidado en Buenos Aires o perdido), cambiar un rayo para tratar de enderezar la rueda trasera que venía frenada por momentos y aprovisionarnos de comida y agua que posiblemente no íbamos a poder reponer hasta Salar de Pocitos.

SOLEDAD Y MEGAMINERÍA

El camino se hizo casi imposible apenas saliendo de Antofagasta. El ripio era una capa blanda de arena y piedras con un serrucho que evidenciaba que hacía mucho tiempo que no había ningún tipo de mantenimiento. El tráfico era inexistente –vimos dos camionetas en dos días– y el camino subía en forma permanente. Había partes en que se dividía en dos o tres huellas, que habían formdo vehículos buscando lugares alternativos para avanzar.

Decidimos hacer una primera etapa corta (25 kilómetros) hasta un paraje llamado Paycuqui, donde acampamos antes de empezar una gran cuesta que calculábamos iba a prolongarse bastante y que era la subida hacia la nueva altura promedio en que nos íbamos a desplazar en esta parte de la Puna, entre 3.800 y 4.000 msnm. En Paycuqui había dos o tres casas bordeando el río Punilla, que se distinguían a lo lejos por el verde y los dos o tres árboles que las rodeaban. Las construcciones, como todas en la Puna, eran de adobe y paja en los techos, con corrales de piedra para los animales. Llamas, cabras y algunos caballos y burros pastaban en las cercanías.

En la última de las casas, habitada por dos hermanas y los hijos de una de ellas, pedimos permiso para acampar. Había una arboleda y un pequeño muro que cubría algo del viento. La señora nos mostró las truchas que pescaban y vendían en Antofagasta. Todo se veía pobre pero no lo era tanto como el modo de vida parecía indicar: la “haciendita” tenía su precio, lo mismo que los terrenos, y a la más joven de las hermanas la vino a buscar el esposo para llevarla a su casa de Antofagasta en una camioneta bastante nueva. La otra, encorvada por una vida de trabajo, se quedaba a cuidar los animales.

Cayeron unas gotas a la tarde, que se convirtieron en una lluvia moderada. Hacía tres años que no llovía, y la gente lo estaba esperando porque la sequedad estaba haciendo difícil la vida de los animales y, por lo tanto, la economía de la que viven de ellos. Durante los días siguientes, tuvimos agua de sobra.

A la mañana temprano seguimos viaje. El camino seguía igual de espantoso y comenzamos a subir una cuesta bastante fuerte inmediatamente después de salir. La jornada fue durísima, todo el día sin poder superar los 5 km/h de promedio, a veces caminando porque perdíamos pie en los arenales, siempre subiendo. Además, después del mediodía empezó a levantarse un fuerte viento en contra y unas horas después, gotas que pronto se convirtieron en lluvia y granizo. Habíamos subido en poco más de 25 kilómetros de3.500 a 4.300 metros y estábamos agotados. La perspectiva era la de acampar en donde nos agarrara la noche, porque no sabíamos si íbamos a poder llegar a ese ritmo a Falda Ciénaga, donde se suponía que había habitantes. Unos kilómetros antes habíamos pasado bordeando el río Punilla, cerca de su nacimiento, donde había dos casas de pastores y rebaños de llamas. Era demasiado pronto para parar, apenas había empezado la tarde y sólo habíamos hecho 20 km., pero con un esfuerzo enorme. Y la ruta seguía subiendo en condiciones espantosas de mantenimiento.

En una curva a 4.300 metros sobre el nivel del mar paramos a descansar y, por primera vez en el día, pasó una camioneta. El conductor nos ofreció llevarnos. Dudamos, pero dadas las circunstancias, finalmente le pedimos que nos llevara hasta el lugar donde teníamos pensado parar, unos 20 km. más adelante. Colocamos el tándem atado con sogas a la caja de la camioneta y nos alejamos del sufrimiento. El hombre resultó ser sobrino de doña Pascuala, la dueña del alojamiento en que paramos en Antofagasta, e iba a buscar trabajadores a la Minera del Altiplano. Nos contó que el día anterior había muerto un turista francés, afectado por la altura (que debe haber agravado alguna dolencia que ya tenía), en uno de los hospedajes de la ciudad.

Cuando llegamos a Falda Ciénaga, resultó un lugar deshabitado y sin agua. Los pobladores, de hecho, se habían ido porque la vega de altura que le daba agua al ganado y a ellos mismos se había secado. Seguimos entonces 15 kilómetros más hasta La Aguadita, una escuela abandonada por el gobierno de Catamarca pero donde seguían viviendo dos mujeres que la cuidaban, antiguas empleadas. Según nos habían contado, pasaban parte del día buscando pepitas de oro en las cercanías, que canjeaban a los camioneros de la mina por comida.

Las dos mujeres solitarias nos permitieron acampar en la estructura destartalada de un invernadero en desuso. Había juguetes de plástico de los chicos de la escuela tirados por el piso, restos de materiales de construcción, una especie de petroglifo en la ladera de la montaña que daba la bienvenida a la escuela que ya no existía y que habían mudado a otro sitio a una treintena de kilómetros. Llegamos a cocinar una sopa reparadora antes de meternos en la carpa a refugiarnos de la lluvia helada que comenzó a caer al atardecer.

Después de renovar la provisión de agua, mientras las mujeres alimentaban a una cotorra que era su compañía en esas soledades, partimos. Había una bajada de algunos kilómetros que se internaba en el Salar del Hombre Muerto. A lo lejos, el salar parecía una inmensa laguna blanca con islas montañosas. Al concluir la bajada, empezaba el esperado camino regado con salmuera de las mineras. Una multitud de carteles anunciaba la entrada a la mina y las alternativas del camino, todos estaban firmados por las dos grandes empresas que operaban en la zona. Terminaba el dominio del Estado provincial, es decir el camino intransitable, y empezaba el poderoso mundo de la megaminería. Un cartel anunciaba que Salar de Pocitos estaba a 130 km. una línea recta atravesaba el salar al medio, un camino sólido, como si fuera de asfalto. Empezamos a ver gigantescos camiones cargados de tubos de gas, que alimentaban la actividad de la mina de litio (según nos dijeron, la Minera del Altiplano S.A. era la productora de litio más grande del mundo, operando esta mina en la Argentina con otra similar del lado chileno) trayendo el gas envasado desde Salar de Pocitos, hasta donde llega un gasoducto.

Aprovechamos ese camino inesperado y avanzamos a buena velocidad, saludados por las bocinas de los camiones, atravesando un mar de sal a ambos lados de la ruta. Del otro lado del Salar (unos30 kilómetros de longitud), se veía una loma que anunciaba otra subida hasta los 4.200 metros. Había un puesto policial de la provincia de Catamarca, un par de trailers donde los policías dormían la siesta. Después de unos minutos, cuando ya nos íbamos, salieron y nos dieron agua, aunque no tenían mucha idea del camino más allá del límite con Salta.

El camino empeoró un poco pero se podía andar. Empezamos a transitar entre lomas, donde se veían vicuñas que escapaban ante nuestra presencia, una burra con su pequeña cría, camiones que levantaban nubes de polvo. El cielo se nubló de golpe y empezó a granizar. Entramos a la provincia de Salta y algunos carteles viejos y oxidados anunciaban borrosamente la distancia a los lugares donde pensábamos llegar para pasar la noche, Tolar Chico y, unos 20 kilómetros más allá, Los Colorados. Llegamos al desvío a Tolar Chico, que se veía hacia la montaña, una hilera de árboles y una casa. Dudamos entre quedarnos e intentar llegar al próximo, nos quedaba cerca de una hora de luz. Nos jugamos y seguimos, el terreno ascendía pero en los últimos kilómetros bajó y pudimos llegar, con las últimas luces. Después nos enteraríamos que en Tolar Chico no había nadie en verano.

Sin embargo, Los Colorados no era ningún pueblo sino una casa a unos 300 metros de la ruta. No se veía gente, sino unos perros amenazadores. El que parecía más feroz estaba atado a un poste, por suerte. Al rato apareció un hombre que venía desde algún lugar. Enseguida nos acomodó a pala y rastrillo un lugar para colocar la carpa en una especie de garage y nos invitó a la cocina a tomar un té. Compartimos allí unos momentos con su amable esposa y un joven que no terminamos de darnos cuenta si era el hijo de ambos o sólo trabajaba con ellos. Rompió todos los esquemas habituales sobre la gente del altiplano al contarnos que le gustaba el reggaetón. Cuando nos despedimos a la mañana, después de desayunar té y pan casero, la mujer nos dio las gracias por la visita.

A unos 60 kilómetros estaba Salar de Pocitos, el final de la ruta de la minería. La ruta tenía algunas huellas de la tormenta de la noche, con partes de barro. A la tarde temprano vimos el salar a un lado y pronto llegamos al pueblo, dividido entre una enorme planta minera y unas casas de barro. Encontramos un almacén, y la señora nos dijo que no había hospedajes en el pueblo, pero que podíamos dormir en el comedor después de las 12 de la noche, cuando se fueran los últimos clientes.

A eso de las 6 de la tarde empezó a llover y gruesos chorros de agua caían por los agujeros del techo de chapa del comedor, donde ya estábamos instalados. Al rato explotó la única bombita de luz que había allí y poco después un corto circuito hizo unas llamaradas y chispazos a lo largo del cable. El agua estaba inundando el pueblo, donde nunca llueve y nada está preparado para una tormenta. La gente empezó a entrar al almacén comentando las alternativas del hecho: un rayo había caído en tal parte y quemado un poste de luz, otro más allá, todo estaba inundado. La energía de la casa no se podía cortar porque no había interruptor de corriente. Estaba el camionero-proveedor de mercancías de los pueblos de los alrededores, empleados de Vialidad, vecinos, un corrillo comentando el fenómeno inesperado.

Al final, nos ofrecieron quedarnos a dormir en una pieza del campamento de Vialidad. El comedor del almacén, además de haberse quedado sin luz, era un barrial, el agua caída sobre el piso de tierra lo había convertido en un pantano. Dejamos allí el tándem y nos fuimos con las bolsas de dormir y algunas cosas, esquivando los ríos de agua del pueblo inundado.

Salar de Pocitos era el comienzo del último tramo de Puna antes de llegar a lo que a esa altura se nos presentaba como una metrópoli, pero que para la mayoría de los turistas que recorren el NOA representa algo así como el lejano Oeste, la pequeña ciudad minera de San Antonio de los Cobres. La tormenta presagiaba un par de jornadas difíciles por el barro, pero no resultó ser tan problemático, salvo algunos breves tramos donde el lodo se acumulaba en los frenos y las ruedas, o algunos charcos tan grandes que ocupaban todo el ancho de la ruta. Poco antes de llegar al cruce con la carretera que viene desde el paso de Sico, hubo un trecho bastante largo donde el barro convertía la ruta en un terreno resbaladizo y traicionero, en que los camiones pasaban con cuidado y tuvimos que hacer caminando en parte. Desde ahí, el camino hace una curva y enfrentamos un fuerte viento en contra para llegar al siguiente pueblo, Olacapato, donde encontramos un hospedaje. Pudimos bañarnos después de cinco días de duro camino.

Olacapato es un típico pueblo de Puna, de tristes casas de adobe, barrido por el viento. Sólo quedaba una jornada de unos 65 km. hasta San Antonio de los Cobres, pero había una gran subida hasta Alto El Chorrillo, a 4.560 msnm, el punto más alto del recorrido. Pasamos por paisajes hermosos donde pastoreaban llamas y vicuñas, hasta llegar, después de 30 km. de ascenso, a la cima. Una gran bajada nos esperaba hasta llegar a la ciudad.

DESCENSO HASTA EL VALLE DE LERMA
Bastante frío y más lluvia nos recibió en San Antonio de los Cobres, antigua capital de la gobernación de los Andes, ubicada a 3.800 msnm. Estuvimos un día descansando allí antes de encarar la etapa final hacia la ciudad de Salta, 170 km. en que se baja desde el altiplano al valle de Lerma, a sólo 1200 metros de altitud.

En el plan original habíamos incluido el Abra del Acay, pero descartamos esta alternativa por falta de tiempo y por las malas condiciones climáticas. Nos sobraban algunos días entonces, y decidimos hacer con tranquilidad la bajada a Salta.

De todos modos, la bajada empezaba subiendo. Primero al salir de San Antonio, todavía en ripio durante 25 km.. En ese punto empezaba un asfalto bastante nuevo, aunque seguimos subiendo unos 15 kilómetros más hasta llegar al Abra Blanca, nuevamente a 4.080 msnm. A partir de allí, descenso. Bajamos velozmente hasta meternos en la quebrada del Toro, acompañados (ya desde Salar de Pocitos) por las vías del famoso Tren a las Nubes, magnífica obra de ingeniería de los años 20, y a veces sus derruidas estaciones, abandonadas desde que el tren es solamente un emprendimiento turístico.

En plena bajada, en un descanso, nos alcanzaron dos ciclistas belgas que habíamos conocido a la mañana antes de salir de Sana Antonio de los Cobres. Enzo y Corinne venían de Ecuador y habían cruzado por Sico, pero gran parte del trayecto desde la frontera lo habían hecho en camión por el barro.

Paramos en Santa Rosa de Tastil, donde dormimos y a la mañana fuimos a visitar las ruinas de la ciudadela prehispánica de Tastil, las ruinas urbanas más grandes del país, y luego seguimos bajando por los hermosos paisajes de la Quebrada del Toro hasta llegar a Chorrillos, donde volvía a empezar el ripio. Almorzamos en un viejo comedor y, mientras amenazaba la lluvia, recorrimos los 30 kilómetros que faltaban, por un paisaje cada vez más subtropical (ya habíamos descendido hasta menos de 2000 m.) por una ruta bastante veloz a pesar de no estar asfaltada. Llegamos así a Campo Quijano, última parada antes de la ciudad de Salta, ya en el fértil Valle de Lerma.

Terminaba así un intenso, duro, pero extraordinario recorrido por el Noroeste argentino, por zonas de gran altitud, bastante poco frecuentadas por el turismo y poco pobladas. Una experiencia gratificante, un desafío deportivo y una oportunidad de conocer lugares y gente como sólo da la bicicleta.

En suma, fueron 1.204 km en tándem, cruzando nueve grandes pasos de montaña, el más alto de 4.560 metros sobre el nivel del mar, en un total de 20 etapas.

Ver las fotos del recorrido entre Antofagasta y San Antonio de los Cobres.
Ver las fotos del recorrido entre San Antonio de los Cobres y Salta.
Ver la primera parte de este viaje: el recorrido La Rioja – Antofagasta.

LA RUTA COMPLETA ENTRE LA RIOJA Y SALTA


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